Mochila en mano. ¡Rumbo a Indonesia!

maleta en mano

En la última publicación te comentaba que este mes venía cargado de novedades. La primera era que en junio trasladamos nuestro pequeño hogar a Madrid. Y la que me faltaba… ¡nos vamos tres semanas a Indonesia!

El blog y el canal de Youtube quedan en modo vacaciones hasta nuevo aviso. Nos hemos ganado a pulso esta experiencia y quiero estar lo más desconectada posible para cargar la mochila de ideas y aire fresco.

He publicado dos vídeos nuevos en el canal para amenizar el modo barbecho. Uno sobre mi visita a la única Villa del libro de España junto con un book haul de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de Valladolid.

En el segundo te enseño los libros que me voy a llevar para las 18 horacas de vuelo. Son cortitos así que puedes cotillear a placer.

 

No sé si recuerdas que había participado en el certamen de relatos de mi pueblo. Finalmente no ha habido suerte pero me apetece compartir el relato que envié contigo.

El relato está al completo. Para el concurso tuve que darle un par de tijerezos por tema de espacio pero ya que aquí no hay límite para qué recortar.

La idea surgió en uno de los ejercicios del taller de escritura creativa. Tenía que crear una historia a partir del título de otra persona y este es el resultado.

La mansión de hojalata

mochila en mano

Era el octavo cumpleaños de Jon y solo estaba su madre y una enorme tarta de zanahoria. Jon sopló desanimado las velas deseando que aquel estúpido pueblo se borrara de su memoria. Rose había tenido una idea mejor, le había regalado la bicicleta con la que todos los chicos del pueblo soñaban. Jon se quedó alucinado, no se lo podía creer, ahora sí que iba a poder hacer una escapada a la casa del acantilado.

Tal fue su ansia que esa misma tarde, con la excusa de probar su bici nueva, tomó el sendero que daba a parar al impactante acantilado de Cold Summer. La última noche le había parecido haber visto luces en la casa y el gusanillo de la curiosidad le taladraba el estómago. Estaba eufórico y su cabeza repleta de espías y misterios ocultos le hacía que pedalease cada vez más rápido. Justo cuando estaba a punto de llegar a la casa, le pareció ver algo moverse entre los árboles. De pronto, cinco bicis le cortaron el paso.

—Bonita bici chico raro— dijo Brandon, el líder del grupo que le hacía la vida imposible en la escuela.
Jon apretó con fuerza el manillar de la bici sin apartar la vista de Brandon.
—Un bicho raro como tú no merece llevar una bici así, es una deshonra para las bicis tener que cargar con tu enorme culo— el resto del grupo estalló en carcajadas.
—Como soy bueno te voy a dar una oportunidad. ¿Ves la mansión de hojalata? Pues tienes que estar mínimo dos horas encerrado en ella y traerme algo guay que encuentres en su interior. Si lo consigues la bici es tuya, y si no, puedes ir despidiéndote de ella.
—¿Mansión de hojalata?— respondió Jon.
De nuevo todos los chicos empezaron a reírse y Jon se quedó paralizado sin entender nada.
—Ay, bicho raro, cuánto te queda por aprender. Una vez hayas entrado, comprenderás por qué se llama la mansión de hojalata. Eso sí, ten cuidado, igual un bicho como tú no sale vivo de ahí.

La imaginación de Jon era más fuerte que el miedo que le querían infundir aquellos cinco macarras. Dejó su bici en el porche y abrió la pesada puerta bajo la atenta mirada de los cinco chicos. La mayoría de las ventanas estaban cerradas y la penumbra reinaba a sus anchas. Fuera, los cinco chicos no podían parar de reírse, sentían que tenían la bici asegurada.

Jon comenzó a recorrer la casa. Estaba alucinando con la cantidad de objetos que brillaban por la casa con la sutil luz que se colaba. ¡Cómo no había venido antes! De repente, escuchó crujidos extraños, latas que se caían, puertas que se cerraban de golpe, pero nada iba a detener a Jon, no pensaba darle su bici a ese capullo. Bajó las escaleras de dos en dos y ¡boom! Un enorme estruendo metálico le cortó la respiración.

—Los ojos, he visto los ojos. Seguro que eran los mismos.

Jon, no se lo podía creer, era su día de suerte. Creía haber visto los mismos ojos azules que el día que pisó por primera vez la estación de Cold Summer. Esta vez no se podía escapar. Corrió hacia el sótano pero no conseguía abrir la puerta, algo la atascaba. Miró a su alrededor en busca de algo que le ayudase a abrirla. Se le ocurrió la genial idea de coger impulso y golpear la puerta como había visto en tantas películas. La puerta, como era de esperar, no cedió y el dolor que sintió en el hombro lo dejó seco.

Se levantó y siguió intentándolo hasta que de pronto escuchó un click casi mágico. Empujó suavemente y la puerta cedió dejándole ciego un instante con el resplandor que salía de la habitación. Se le iban a salir los ojos de sus órbitas, ¡una habitación repleta de figuras extrañas! Creyó estar en el paraíso y fue entonces cuando vio dos ojos azules escondidos debajo de una mesa. Cogió una de las lámparas de aceite que había encendidas en aquel fantástico lugar y se acercó con sigilo. Ahora sí que le había invadido el miedo. Los ojos no se movían y Jon estaba cada vez más cerca de ellos. Dio un último paso casi rozándolos cuando los misteriosos ojos salieron de su escondite.

—Al fin llegas Jon Wood.
Era una niña con pelo oscuro y una máscara metálica de la que destacaban sus enormes ojos azules.
–¿Quién eres tú? – dijo Jon aliviado.
–Soy Annie, vivo a las a fueras del pueblo y doy clases en casa. Así no tengo que aguantar a esa panda de palurdos.
–¿Cómo sabes mi nombre?
Annie empezó a reírse. –Todo el mundo en el pueblo sabe tu nombre, tú y tu madre sois los nuevos. Anda ven, voy a enseñarte mi lugar favorito de la casa.

Annie no dejaba de hablar mientras guiaba a Jon. Él estaba asombrado con todas las historias que Annie le estaba contando y cada cachivache que le enseñaba le parecía aún más increíble que el anterior.
Pasaron la tarde jugando a los descubridores y justo cuando empezó a oscurecerse más la casa se dieron cuenta que se había hecho tarde.

–Annie, me tengo que ir. Brandon y los otros tienen mi bici y si no les llevo algo de aquí me la quitarán para siempre.
–Mmm, hay una última cosa que no te he enseñado y que me muero por probar. Además, ahora que somos dos va a ser mucho más fácil.

Annie tiró del brazo de Jon y lo llevó hasta una habitación enorme de la planta baja. Los dos se miraron y parecieron entenderse al instante.

Brandon y el resto de la pandilla estaban cansados de esperar a que Jon saliese de la casa. Nunca pensaron que iba a aguantar tanto tiempo y ahora los que estaban deseando irse eran ellos.

La puerta de la casa se abrió muy despacio y los cinco chicos se giraron. Sus caras cambiaron por completo al ver que no era Jon el que se asomaba. Una enorme armadura se dirigía hacia ellos. Chirriaba con cada movimiento y la luz del atardecer la hacía parecer envuelta en llamas. Los chicos salieron corriendo dejando las bicis tiradas en el porche. Jon y Annie no podían parar de reírse mientras escondían las bicis en el interior de la casa.

–¿Sabes Jon? Creo que nos vamos a llevar muy bien.
Jon se ruborizó al pensar en tener una amiga por fin. –En casa queda tarta, hoy es mi cumpleaños.

¡Nos vemos en junio con más historias y libros!

Gracias por dejarme besarte con letras.

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